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16 noviembre, 2019 / Oblatas
Nos unimos a la celebración de la III Jornada Mundial de los Pobres

Al convocar la III Jornada Mundial de los Pobres, el papa Francisco destacaba las palabras del Salmo (Sal 9,19) ‘la esperanza de los pobres nunca se frustrará’, y destacaba que seguían siendo unas palabras de una «increíble actualidad».

Por eso, queremos sumarnos a las palabras de Francisco, sobre todo, al pedir que, «por un día, dejemos de lado las estadísticas», porque los pobres «no son números a los que se pueda recurrir para alardear con obras y proyectos», sino que son «son personas a las que hay que ir a encontrar, hombres, mujeres y niños que esperan una palabra amistosa, personas que nos salvan porque nos permiten encontrar el rostro de Jesucristo».

En comunión con estas palabras del Santo Padre, nuestra congregación quiere llamar la atención, además, sobre la realidad de la feminización de la pobreza. Según datos del Foro Económico Mundial, el 60% de las personas que pasan hambre en el mundo son mujeres y niñas. Además, de toda la población analfabeta o que no tiene acceso a la educación, las dos terceras partes son mujeres (unos 500 millones de personas), y solo el 50% de las mujeres en edad laboral tienen un empleo.

Esta realidad pone en una situación de extrema vulnerabilidad a millones de mujeres y niñas de todo el mundo y que, tristemente, es utilizada por las redes de trata de personas, ya sea para matrimonios forzosos, servidumbre o, en la mayoría de los casos, explotación sexual.

«El salmista describe la condición del pobre y la arrogancia del que lo oprime», dice el Papa. Y, también hoy, «debemos debemos nombrar las numerosas formas de nuevas esclavitudes a las que están sometidos millones de hombres, mujeres, jóvenes y niños». Entre ellos, la trata de personas, explotación infantil, explotación sexual o, sencillamente, la falta de recursos para llevar una vida digna.

Sin pedir nada a cambio

«Sin embargo», afirma Francisco, «esto no hace sino manifestar la grandeza de Dios cuando se encuentra con un pobre», porque es la confianza «en el Señor, esta certeza de no ser abandonado, la que invita a la esperanza». Y es que la ayuda del Señor «va más allá de la condición actual de sufrimiento para trazar un camino de liberación que transforma el corazón, porque lo sostiene en lo más profundo».

Nosotras, como vida religiosa, somos testigos de que para devolver la esperanza basta con detenerse y escuchar, acompañar y dejarse adentrar en la realidad que viven las personas a las que estamos dando nuestra atención. 

Y es que, como subraya el Papa, la esperanza se comunica «también a través de la consolación, que se realiza acompañando a los pobres no por un momento, cargado de entusiasmo, sino con un compromiso que se prolonga en el tiempo», porque «los pobres obtienen una esperanza verdadera no cuando nos ven complacidos por haberles dado un poco de nuestro tiempo, sino cuando reconocen en nuestro sacrificio un acto de amor gratuito que no busca recompensa».


 

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