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18 febrero, 2021 / Oblatas
Oblatas, 150 años de misión y el carisma

Hace 150 años, acaban de celebrar este aniversario, Antonia de Oviedo y Schönthal fundaba esta congregación en Ciempozuelos, provincia de Madrid, y adoptaba el nombre de “Madre Antonia de la Misericordia”, casi un programa de lo que serían ella y sus hijas Oblatas del Santísimo Redentor. Consagradas a la misión redentora en aquel 1870, ofrecían un hogar a las mujeres en contextos de prostitución del Madrid de la época. Desde entonces, el ardor por la misión de estas religiosas dedicadas a los demás las ha llevado a 15 países, haciendo realidad, en este siglo y medio de existencia, lo que pide el Papa Francisco a toda la Iglesia, llegar a las fronteras geográficas, existenciales y virtuales.

Todo ello siguiendo su carisma que las ha llevado a habitar lugares y realidades emergentes de prostitución y trata con fines de explotación sexual, donde se hace necesaria su presencia. En este sentido, el testimonio de dos oblatas, su vocación y respuesta al Señor, ilustran muy bien lo que significa vivir la misión y un carisma en el día a día.

Así lo cuenta la hermana Maria Luisa Fernández en Venezuela: “Recoger mi experiencia de misión en Venezuela es encontrarme conmigo misma. Llegué a Venezuela el 29 de agosto de 1960. Sentirme afortunada de formar parte del grupo de cinco hermanas que fundaron la congregación en este país no me libera del desgarro de las despedidas en España. En ese tiempo, no se partía para regresar. Se venía para quedarse. 20 horas de vuelo nos colocan en Venezuela, y empezamos a soñar. Juntas asumimos la responsabilidad del envío con la responsabilidad de sembrar el carisma en esta tierra. Empezamos desde el poco a poco, con la confianza de que es Dios quien hace germinar y crecer la semilla. Con 22 años soy la más joven del grupo. Me siento arropada por mis hermanas. Resalto que lo que nos mueve es la convicción de ‘es la causa de Dios’ de la experiencia de nuestro padre fundador, de quien recibimos la herencia misionera.

Caminando en sencillez, muchas veces sin saber cómo, se va configurando mi ser oblata, voy comprendiendo el significado de oblación y entrega como gestos de amor y servicio en los diferentes encargos y tareas. Siento que evangelizo y soy evangelizada, siendo acompañante, educadora, guía de las mujeres, con la gente, con el pueblo. Es gracia formar mi vocación a la vida consagrada en tiempos del concilio y post Concilio Vaticano II. Los cambios convierten y configuran la vida del presente y del futuro. La fundación en Venezuela se concibe pensando en nuevos horizontes. El país estrenaba democracia, con muchos años de prosperidad, donde todo era posible. Hasta hace 20 años, que comienza la crisis, que llega a ser profunda con las grandes carencias del momento.

Volviendo la mirada vemos la semilla germinada, crecida. Un árbol grande que también ha sufrido la poda. Hoy somos una minoría, pero tanto en prosperidad como en escasez aprendemos a vivir felices. Las mujeres y la gente nos mantienen en esperanza. Es alentador formar parte de la vida consagrada en Venezuela, en contacto con el pueblo pobre. Fomentando la esperanza con gestos solidarios. Lo que me ha sostenido en este prolongado caminar es la certeza de que Dios siempre está presente. De que Jesús Redentor me guía, acompaña, invita a seguirle como discípula. Me sostiene con la ternura del buen pastor”.

En Brasil es donde ha vivido su vocación de Oblata del Santísimo Redentor la hermana Maria Pilar Laria: “Soy española: nací en una pequeña ciudad de interior al norte de España, en una familia religiosa, muy católica. Mis padres me enseñaron desde pequeña a practicar todo lo que ellos sabían, me criaron en la fe, viviendo la vida cristiana, y así fui creciendo. Dios fue preparando el camino, hasta sentir el deseo de seguir la vocación religiosa. Mi formación con las Hermanas Oblatas fue una escuela de verdaderas experiencias humanas, psicológicas, de estudio profundo de nuestra espiritualidad y conocimiento de la vida de nuestros fundadores, José María Benito Serra y Antonia Maria de la Misericordia. Profesé el 15 de agosto de 1959, haciendo así mis primeros votos. Grande fue mi sorpresa al saber que mi primer destino seria al Brasil, misionera en tierras americanas. Estaba dispuesta a todo, dentro de mi existía un fervor y alegría de una joven de 20 años, haciendo mi consagración al Dios único de mi vida para dedicarme con entusiasmo a anunciar el Reino viviendo con alegría mi vocación dedicada al Carisma y Misión Oblata.

Han pasado 61 años desde que llegué a Brasil y me siento orgullosa de tener esa experiencia de vida, en el trabajo y cultura que me han enseñado mucho desde lo cotidiano. Durante todos estos años pasé por varias experiencias: vida comunitaria, misión, culturas diferentes en varios lugares y estados de Brasil. Así ha sido mi vida: entre luces y sombras Dios me ha ido purificando, siempre con el impulso de crecer en la vida espiritual teniendo como lema ‘la santificación’ y, como centro, ‘la vida de oración’, pues sin esa fuerza que Dios me dio, sería imposible enfrentar los desafíos que la vida nos proporciona. Esa es mi manera de ser Oblata, enraizada en Jesús Redentor y en el sueño de nuestros fundadores. Sigo con alegría de ser una señal profética todos los días, viviendo la esencia de la espiritualidad en cada gesto de acogida, misericordia, ternura respeto y compromiso social, convencida de la acción y fuerza del Espíritu Santo, en la Misión con las mujeres en situación de prostitución”.

Estas dos hermanas, como cada una de los miembros de esta congregación han hecho vida lo que decía la Madre Antonia, su fundadora: “Soy oblata y he hecho oblación de mí misma”.

(omp.es)


 

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