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A punto de
iniciarse la primavera de 1822, nacía en Lausana (Suiza) Antonia Mª de
Oviedo y Schönthal, hija de padre español y madre Suiza, fue educada en una
pedagogía poco usual entre las mujeres de su tiempo.
En febrero de
1848 llega a España como institutriz de las hijas de María Cristina de
Borbón y Fernando Muñoz, Duque de Riánsares.
Su extensa y
exquisita formación, hablaba varios idiomas, su sensibilidad, su gusto por
las artes: la literatura, la música, pintura y por todo lo bello son notas
de gran entidad en el perfil psicológico de Antonia.
Fueron doce
los años empeñada en la tarea educativa junto a esta familia por distintos
lugares de Europa hasta la boda de la más pequeña de sus alumnas: Cristina
Muñoz y Borbón. Era octubre de 1860. A partir de este momento, Antonia
fijará su residencia en Roma (1860-1862)
En marzo de
1863 visita a su familia paterna en Madrid y allí se encuentra con José Mª
Benito Serra, a quien había conocido anteriormente en Roma,
obispo dimisionario, que reside en
Madrid desde 1862
comprometido con diversas actividades pastorales, una de ellas relacionada
con el fenómeno de la prostitución.
José Mª Benito
Serra le urge a conocer aquella realidad, Antonia se
resiste, le ofrece sus bienes pero no su persona, incluso intenta
disuadirlo.
Por fin el 1 de junio en
Ciempozuelos, cerca y lejos de Madrid, el sí al evangelio comienza a ser
fecundo como la primavera cargada de vida, de luz, de azul. Fecundo y
difícil, como parto que se abre a la aventura de la vida... El día 7 llegan
las primeras mujeres; una española y una francesa. Vienen de la calle, de
ejercer la prostitución, pero Antonia cree en ellas. Cree en su voluntad de
negarse a ser explotadas, manipuladas, cree en su deseo de una vida digna...
Esto a mediados del siglo XIX es ruptura, novedad y sorpresa, por eso fue
provocación.
Lo que comenzó siendo una obra
social, el día 2 de febrero de 1870 se convierte en Congregación Religiosa:
Hermanas Oblatas del Smo. Redentor.
El día 28 de febrero de 1898,
aquel pequeño grano de mostaza se había convertido en un árbol cuyas ramas
llegaban a 17 ciudades españolas y se convertían en lugar seguro para tantas
mujeres que decidían abandonar el ejercicio de la prostitución. Antonia Mª
que eligió llamarse de la Misericordia, expresión de su forma de situarse
ante la realidad de las mujeres, antes de partir nos dejaba su testamento:
"Quiero que veáis en ellas la imagen del Redentor". y "ellas, las mujeres,
son la gracia de Dios"
La Congregación hoy continúa
viviendo la misión y lo traduce en: "UN COMPROMISO SOLIDARIO CON LAS MUJERES
QUE SE ENCUENTRAN EN CONTEXTO DE PROSTITUCION EN EL EMPEÑO DE RECORRER CON
ELLAS UN CAMINO DE LIBERACION" (XVI Cap. General)
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